Sabrina Rodríguez. Barcelona, España. Aprendiz de mucho, maestra de nada. Entre otras cosas escribo, hago fotografías y demás banalidades. Si quieres comentar algo, que colabore contigo en un proyecto, o quieres publicar alguna de mis creaciones o escritos, envíame un em@il. Gracias. facebook (sólo amigos)

Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Llevo meses experimentando cambios de humor radicales. Suelen venir en intervalos de dos semanas y, aunque soy consciente de mi mal humor, se me hace incontrolable. Durante dos semanas estoy bien, activa, positiva y cariñosa; mientras las otras dos semanas estoy irritable, lloro por nada, estoy depresiva y totalmente negativa. Cualquiera de las personas que comparten conmigo el día a día se dará cuenta fácilmente de lo que estoy hablando.

Me pasa aproximadamente desde junio del año pasado. En principio lo achacaba a descubrir que padezco una enfermedad crónica, a salir de una relación de casi 10 años y a una serie de cambios radicales en mi vida en muy poco tiempo. Cada vez mis reacciones negativas son mayores, hago más tonterías, he hecho daño a varias personas y he perdido relación con gente a la que aprecio. Bueno, pues ya sabéis cómo soy... tenía que investigarlo.

8224 por Sue Rainblow


Durante los últimos meses he apuntado los días en los que estaba bien, los días que estaba mal y los días en los que parecía un dragón que echaba fuego por la boca. Mientras lo hacía he leído varios libros de psicología, filosofía y neurología. Al final, después de mucho buscar, creo que tengo cierta idea de lo que puede estar pasando conmigo.

Si bien los cambios en mi vida y las causas externas seguro que tienen algo que ver, creo que mi problema de carácter está en mis hormonas. Mis dos semanas buenas son las dos primeras semanas de mi ciclo menstrual y las dos semanas malas son las últimas... siempre. A partir de ahí todo empieza a cuadrar.

Cada mes el ciclo menstrual refresca y recarga ciertas partes del cerebro. El estrógeno actúa como fertilizante sobre las células, excitando el cerebro a la vez que hace que esté socialmente más calmada durante las primeras dos semanas. Durante esas semanas (la fase del estrógeno) se da un incremento del 25% de las conexiones en el hipocampo y ello hace que el cerebro se muestre un poco más agudo y funcione un poco mejor. Una se siente más lúcida, recuerda más cosas y piensa con más rapidez y agilidad. Más tarde, al sobrevenir la ovulación alrededor del día decimocuarto, la progesterona empieza a salir de los ovarios y a contrarrestar la fertilización por estrógeno, actuando más bien como un herbicida sobre las nuevas conexiones del hipocampo. Durante las últimas dos semanas del ciclo la progesterona hace que el cerebro al principio se sede y gradualmente se torne más irritable, menos centrado y algo más lento. En los últimos días del ciclo menstrual, cuando cesa la progesterona, el efecto tranquilizante desaparece de súbito, dejando al cerebro momentáneamente alterado, estresado e irritable.

Por lo visto, según un estudio del National Institute of Mental Health de Maryland, existen pruebas de que las fluctuaciones de las hormonas afectan a la excitabilidad del circuito cerebral. En casos graves la alteración de las hormonas muestra el mismo espectro de desarreglo que en un ataque de apoplejía. Se dice que las mujeres cuyos ovarios producen menos estrógeno y progesterona son más sensibles al estrés y tienen menos células cerebrales de serotonina (sustancia química que procura sensación de bienestar).

Los cambios en las hormonas y la serotonina pueden conducir a una disfunción en la sede cerebral del discernimiento (el córtex prefrontal) y emociones dramáticas e incontrolables pueden abrirse camino más fácilmente desde las partes primitivas del cerebro.

Así que los cambios de personalidad son reales, ya que la estructura del cerebro femenino cambia según el día del ciclo menstrual en el que se encuentre. Lo que se conoce como SPM (síndrome premenstrual) en casos extremos tiene nombre médico y se llama desorden disfónico premenstrual (DDPM). En países como Francia o Inglaterra, algunas mujeres que cometieron delitos mientras sufrían DDPM, lo han utilizado con éxito en su defensa ante un juez.

8315 por Sue Rainblow


Cuando leí todo esto, y más que he leído sobre el tema, pensé que era un poco exagerado y que no tenía que ver conmigo. El caso es que el tratamiento para el síndrome premenstrual, para poder "domar" esos cambios de humor controlando el fluir de las hormonas, es la píldora anticonceptiva. Yo tomé la píldora durante 7 u 8 años y... ¿cuándo dejé de tomarla? Pues... en junio, cuando empecé a comportarme como Dr. Jekyll y Mr. Hyde. ¿Casualidad? No creo.

Ahora mismo, con el tratamiento por mi colitis ulcerosa y no teniendo pareja estable, no creo que vuelva a tomar la píldora. Creo que ahora, sabiendo lo que sé, me será más fácil controlar mis emociones durante las dos últimas semanas de ciclo. Intentaré calmarme y ser consciente de lo que me pasa y que es algo natural. Tendré igualmente ataques de ira así que intentaré acogerme a la norma de los dos días. Esperaré dos días a analizar en frío lo que me ha cabreado y, si sigo enfadada, actuaré teniendo en cuenta el enfado. Si no, pues es que no era para tanto. A ver si así ya no tengo que volver a arrepentirme de haber explotado de manera exagerada y dramática en según qué ocasiones. Sí, a veces soy una granada de mano, por lo menos ahora sé por qué.

Nota: Las citas son del libro El Cerebro Femenino de Louann Brizendine. Las fotos me las hizo la fotógrafa Sue Rainblow.

Mentiras

Lo he estado pensando mucho estos días y voy a dejar de publicar en mi blog. No creo que sea algo definitivo, pero sí voy a dejar de publicar aquí en un tiempo. No voy a dejar de escribir, escribo todos los días en mis cuadernos Moleskine (gracias Mauro), pero no quiero seguir publicando aquí nada más hasta que me acepte a mí misma como persona.

La razón es que este blog en general es un resumen de mis mentiras. Mentiras más o menos bien escritas. Mentiras bien pensadas. Mentiras que yo quería creerme. Mentiras que la gente que leía mi blog se creyó. Y ahora mismo estoy pagando por mis mentiras, por dar una imagen de mí misma que no corresponde con la realidad, por hacer una especie de coraza a mi alrededor para que nadie me hiciese daño, por querer ser lo que no soy. Por mentirosa.

No quiero seguir mintiendo. Quiero aceptarme a mí misma tal como soy. Todos los días escribo muchísimas cosas en mis cuadernos, pero siempre elegía publicar la que más se alejaba de la verdad, la que menos vulnerable me dejaba ante el mundo, la que me mostraba más fuerte, segura e inaccesible. Me escondía entre palabras vacías, victima del miedo a mí misma y a los demás. Un pánico a ser descubierta, a que me rompiesen como si fuese de cristal. La ironía es que sí que soy de cristal pero nadie quería romperme, desconfié tanto de todo el mundo que con mi actitud de femme fatale yo misma fui la que provoqué que finalmente todo se volviese en mi contra. Primero se rompió mi corazón de cristal, después se rompió la coraza. Ahora mismo ya no me queda nada y ya es demasiado tarde para arreglar algunas cosas, aunque la esperanza siempre sigue ahí; como Pandora, que cerró la caja a tiempo, yo he conseguido agarrarla fuertemente para que no se me escape.

Seguiré vomitando mi creatividad, tengo algún proyecto por ahí que intentará que mi interior vacío y malogrado se vaya llenando de ilusión, aunque sea un poquito. Porque la he perdido, porque se la ha llevado el mar con la marea cuando fui a verlo la última vez. Porque estoy totalmente perdida.

Quiero dar las gracias a la gente que me ha leído alguna vez, que me ha comentado o que me ha enviado e-mails. Gracias. Y sobretodo quiero dar gracias a mis amigos por estar ahí. Ya sabéis quién sois, un círculo muy reducido de VIPS a los que considero mi gente y que sois mi salvación. Si no os tuviese a mi lado no sé lo que haría, seguramente ser fan de Tim Burton... XD Ahora en serio, os quiero muchísimo y mil gracias.

A ti, si algún día dejas de tener manía a mi blog y lees esto, decirte que lo siento. Creo que puedo decírtelo más alto pero no más claro. Te echo de menos. Te diría mil cosas más, pero las dejo para esa invitación a tomar un café que espero que aceptes algún día. Mientras tanto, aquí seguiré esperando, con optimismo y paciencia, en silencio y en compañía de la poca esperanza que me queda.

Esto no es un adiós, es un hasta luego. Volveré con la verdad. Lo prometo.

Adiós, desconocido

Nuestras vidas se cruzaron en un instante, como todos los encuentros esporádicos entre desconocidos, que luego terminan desarrollándose en el tiempo... o no. Yo estaba en una librería, observando con detenimiento los títulos de las estanterías de psicología, filosofía y divulgación. No me fijé en ti, pero tú sí en mí. Es lo usual. Normalmente me pierdo en mi propia mente y no me doy cuenta de lo que realmente hay a mí alrededor.

Finalmente mis ojos se toparon con un libro de la neuropsiquiatra Louann Brizendine y me picó la curiosidad y el interés en saber qué se ocultaría detrás de esa tapa rústica y sus cientos de páginas. Lo tomé entre mis manos y leí con detenimiento la contraportada. Para saciar mi curiosidad tomé el ejemplar que estaba sin embalar y me senté en el sofá de la librería, para ver si mis expectativas se verían cumplidas al leer parte de su contenido.

Tú te acercaste con un libro, que ahora me arrepiento de no haberme fijado cuál era; me quedaré con la curiosidad. Te sentaste a mis pies, a mi lado izquierdo, con tu espalda apoyada en el sofá. Hasta ese momento no te había visto y tampoco en ese momento te presté mayor atención, estaba perdida en un mar de letras, con mi atención centrada en el contenido de un libro, no en ti.

Al poco rato noté que algo tocaba mis pies. Los moví pensando que sería cualquier cosa y proseguí con mi lectura. Pero una vez que me di cuenta de que era alguien que jugaba con sus dedos a dar toquecitos en mi calzado, supe que eras tú quien me tocaba. Te miré. Parecías seguir leyendo tu libro, o haciendo que lo leías. No lo sé. Seguramente otra mujer en mi caso te hubiese dicho algo o hubiese hecho algo. Irse, indignarse... algo. Yo no. Supongo que soy tan peculiar como tú. No me moví. Seguí un largo rato leyendo mi libro mientras tú jugabas con mis pies. Supongo que esto se sale del esquema de lo normal pero, ¿qué es lo normal? ¿alguien lo sabe? Yo desde luego que no.

Al rato, el libro me había convencido lo suficiente como para querer llevármelo. El presupuesto me alcanzaba y me parecía lo suficientemente interesante como para comprarlo. Podría aportarme algo, e incluso, ser leído varias veces. Así que lo cerré. Tú lo debiste notar. ¿Notaste que me levantaría y me iría? Tímidamente apartaste tu mano de mis pies bajo mi atenta mirada. No levantaste la cara de tu libro. Yo me levanté del sofá, me acerqué a la estantería, dejé el ejemplar desembalado y tomé uno nuevo envuelto en plástico.

Miré al sofá, más concretamente a la zona del suelo donde estabas sentado tú, pero ya no estabas. Miré hacia la salida con el libro en la mano. Sí, ya era hora de irse con mi nuevo material de lectura. Entonces, por alguna razón, sentí tu mirada en mi nuca y miré hacia atrás. Allí estabas, mirándome a los ojos con cara inexpresiva pero mirada penetrante, interesante, como con un gran mundo interior por descubrir. Te devolví la mirada y te dediqué una sonrisa. Tú me la devolviste también. Supongo que ambos somos un par de cisnes negros en medio de la gente. Bajé la mirada y me fui sin mirar atrás. Tú no me seguiste y yo sabía que sería así.

Nuestras vidas se cruzaron un instante, un momento en el que compartimos algo que no alcanzo a definir. Adiós, desconocido. No olvidaré la percusión de tus dedos sobre mis pies calzados en piel. Si la vida son los momentos que recordamos, ya formas parte de mi historia. Adiós.

Soy una mujer

Negar la evidencia es absurdo,
como lo es mi lucha interior,
como lo es mi locura, mis miedos,
como las mentiras que dice mi voz.

Soy el cariño y el desprecio,
la debilidad y el poder,
la empatía hecha incomprensión,
soy una mujer.

Soy mujer, que no niña,
soy mujer, que ya sabe quién es,
soy la pasión mal contenida,
cuando el sufrir se adueña de mi ser.

Soy el hielo y el fuego,
soy el misterio que te hace ver
que, como las rosas con sus espinas,
lo delicado y bello puede doler.

Soy el amor que te tengo,
soy el fingir y el temer,
lo que deseas poseer sin remedio,
soy una mujer.

Dedicado a todas esas personas que me han sufrido durante todos estos meses de autonegación. Sí, soy lo que soy... una mujer.

Escupir para arriba

Me reí del amor y ahora el amor se ríe de mí. Me reí de la crisis y ahora la crisis se ríe de mí. Si he aprendido algo durante estos meses es a ser más humilde. No se debe escupir para arriba porque, inevitablemente, acaba cayéndote todo en tu propia cara.