Llevo meses experimentando cambios de humor radicales. Suelen venir en intervalos de dos semanas y, aunque soy consciente de mi mal humor, se me hace incontrolable. Durante dos semanas estoy bien, activa, positiva y cariñosa; mientras las otras dos semanas estoy irritable, lloro por nada, estoy depresiva y totalmente negativa. Cualquiera de las personas que comparten conmigo el día a día se dará cuenta fácilmente de lo que estoy hablando.
Me pasa aproximadamente desde junio del año pasado. En principio lo achacaba a descubrir que padezco una enfermedad crónica, a salir de una relación de casi 10 años y a una serie de cambios radicales en mi vida en muy poco tiempo. Cada vez mis reacciones negativas son mayores, hago más tonterías, he hecho daño a varias personas y he perdido relación con gente a la que aprecio. Bueno, pues ya sabéis cómo soy... tenía que investigarlo.

Durante los últimos meses he apuntado los días en los que estaba bien, los días que estaba mal y los días en los que parecía un dragón que echaba fuego por la boca. Mientras lo hacía he leído varios libros de psicología, filosofía y neurología. Al final, después de mucho buscar, creo que tengo cierta idea de lo que puede estar pasando conmigo.
Si bien los cambios en mi vida y las causas externas seguro que tienen algo que ver, creo que mi problema de carácter está en mis hormonas. Mis dos semanas buenas son las dos primeras semanas de mi ciclo menstrual y las dos semanas malas son las últimas... siempre. A partir de ahí todo empieza a cuadrar.
Cada mes el ciclo menstrual refresca y recarga ciertas partes del cerebro. El estrógeno actúa como fertilizante sobre las células, excitando el cerebro a la vez que hace que esté socialmente más calmada durante las primeras dos semanas. Durante esas semanas (la fase del estrógeno) se da un incremento del 25% de las conexiones en el hipocampo y ello hace que el cerebro se muestre un poco más agudo y funcione un poco mejor. Una se siente más lúcida, recuerda más cosas y piensa con más rapidez y agilidad. Más tarde, al sobrevenir la ovulación alrededor del día decimocuarto, la progesterona empieza a salir de los ovarios y a contrarrestar la fertilización por estrógeno, actuando más bien como un herbicida sobre las nuevas conexiones del hipocampo. Durante las últimas dos semanas del ciclo la progesterona hace que el cerebro al principio se sede y gradualmente se torne más irritable, menos centrado y algo más lento. En los últimos días del ciclo menstrual, cuando cesa la progesterona, el efecto tranquilizante desaparece de súbito, dejando al cerebro momentáneamente alterado, estresado e irritable.
Por lo visto, según un estudio del National Institute of Mental Health de Maryland, existen pruebas de que las fluctuaciones de las hormonas afectan a la excitabilidad del circuito cerebral. En casos graves la alteración de las hormonas muestra el mismo espectro de desarreglo que en un ataque de apoplejía. Se dice que las mujeres cuyos ovarios producen menos estrógeno y progesterona son más sensibles al estrés y tienen menos células cerebrales de serotonina (sustancia química que procura sensación de bienestar).
Los cambios en las hormonas y la serotonina pueden conducir a una disfunción en la sede cerebral del discernimiento (el córtex prefrontal) y emociones dramáticas e incontrolables pueden abrirse camino más fácilmente desde las partes primitivas del cerebro.
Así que los cambios de personalidad son reales, ya que la estructura del cerebro femenino cambia según el día del ciclo menstrual en el que se encuentre. Lo que se conoce como SPM (síndrome premenstrual) en casos extremos tiene nombre médico y se llama desorden disfónico premenstrual (DDPM). En países como Francia o Inglaterra, algunas mujeres que cometieron delitos mientras sufrían DDPM, lo han utilizado con éxito en su defensa ante un juez.

Cuando leí todo esto, y más que he leído sobre el tema, pensé que era un poco exagerado y que no tenía que ver conmigo. El caso es que el tratamiento para el síndrome premenstrual, para poder "domar" esos cambios de humor controlando el fluir de las hormonas, es la píldora anticonceptiva. Yo tomé la píldora durante 7 u 8 años y... ¿cuándo dejé de tomarla? Pues... en junio, cuando empecé a comportarme como Dr. Jekyll y Mr. Hyde. ¿Casualidad? No creo.
Ahora mismo, con el tratamiento por mi colitis ulcerosa y no teniendo pareja estable, no creo que vuelva a tomar la píldora. Creo que ahora, sabiendo lo que sé, me será más fácil controlar mis emociones durante las dos últimas semanas de ciclo. Intentaré calmarme y ser consciente de lo que me pasa y que es algo natural. Tendré igualmente ataques de ira así que intentaré acogerme a la norma de los dos días. Esperaré dos días a analizar en frío lo que me ha cabreado y, si sigo enfadada, actuaré teniendo en cuenta el enfado. Si no, pues es que no era para tanto. A ver si así ya no tengo que volver a arrepentirme de haber explotado de manera exagerada y dramática en según qué ocasiones. Sí, a veces soy una granada de mano, por lo menos ahora sé por qué.
Nota: Las citas son del libro El Cerebro Femenino de Louann Brizendine. Las fotos me las hizo la fotógrafa Sue Rainblow.
Sabrina Rodríguez. Barcelona, España. Aprendiz de mucho, maestra de nada. Entre otras cosas escribo,